jueves, octubre 30, 2008

¿Los ejecutivos con exceso de autoconfianza son más proclives a cometer fraude?


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Nadie llega a la cima de la jerarquía administrativa de una empresa si no cuenta con un alto grado de autoconfianza. Todo líder fuerte y decidido es un individuo con confianza en sí mismo, pero ¿el exceso de confianza hace que los gerentes sobrepasen los límites de lo aceptable y cometan fraudes?

 

Una nueva investigación de Wharton basada en datos obtenidos de la literatura psicológica y en informaciones extraídas de los archivos de fiscalización de actividades fraudulentas de la SEC (Comisión de Valores de EEUU) analiza las razones por las que los altos ejecutivos acaban envueltos en fraudes convencidos de que su empresa, en el futuro, será capaz de responder al desempeño esperado.

 

Catherine M. Schrand, profesora de Contabilidad de Wharton, y Sarah L. C. Zechman, estudiante de doctorado de la misma institución, desarrollan actualmente un estudio titulado "Ejecutivos extremadamente confiados y la pendiente resbaladiza del fraude", en el que analizan patrones de fraudes y buscan determinar si algunos ocurren, no por el puro interés personal, sino por el exceso de optimismo de ejecutivos que se creen capaces de cambiar el rumbo a sus empresas antes de ser atrapados por la seducción del fraude.

 

"El objetivo principal del estudio consiste en saber si es posible explicar el comportamiento fraudulento utilizando lo que sabemos de las personas en el momento en que toman decisiones. Hay comportamientos de naturaleza fraudulenta que son consecuencia de decisiones tomadas por gerentes que acaban necesariamente cediendo al fraude", dice Schrand. "Al principio, no imaginaban que fueran a recurrir al fraude, no pretendían perjudicar a nadie, pero acabaron en una situación tal que no encuentran otra alternativa que actuar de forma deshonesta".

 

Schrand describe la trayectoria que lleva al fraude. El ejecutivo cree que su empresa está tan sólo pasando por un mal trimestre o una fase de mala suerte. También cree que todos los involucrados — gerentes, empleados, clientes, acreedores y accionistas — deben maquillar el problema a corto plazo, de modo que esas personas no interpreten de manera equivocada el débil desempeño actual de la compañía como si fuera el preludio de lo que está por llegar. Además de eso, él está convencido de que, más adelante, la empresa será capaz de compensar el periodo actual de malos resultados. Ese tipo de raciocinio es más común en el ejecutivo optimista o con exceso de confianza en sí mismo.

 

"Este tipo de persona acaba flexibilizando un poco las normas o involucrándose en lo que se podría llamar el área gris de la gestión de beneficios. Digamos, sin embargo, que él está equivocado y las cosas no salen tal y como esperaba", prosigue Schrand. "El ejecutivo se siente entonces obligado a compensar las pérdidas del periodo anterior. Eso exige que él persista en su comportamiento fraudulento, profundizándolo aún más en el trimestre en curso".

 

De acuerdo con el estudio, la manipulación de los beneficios en un único periodo puede pasar desapercibido si el desempeño de la empresa mejora. De lo contrario, según el estudio, los gerentes continuarán manipulando los datos de una manera cada vez mayor. "Por último, la única opción que les queda es 'maquillar los libros' adulterando documentos y recurriendo a registros falsos que son perseguidos por la SEC", dicen las autoras. Un gerente extremadamente confiado y con una visión irrealista sobre el desempeño futuro de la compañía tiene más probabilidad de involucrarse en fraudes "porque tiene menos posibilidad de anticipar correctamente la necesidad de una mayor dosis de manipulación fraudulenta de los beneficios en periodos siguientes".

 

Los fraudes están haciéndose cada vez más comunes y, también, públicos. Dos de los mayores fraudes corporativos de la historia de EEUU, el de Enron y WorldCom, ocurrieron en la década actual, suscitando una atención cada vez mayor por parte de la prensa y de los órganos reguladores del gobierno. Suponiendo que ese fenómeno se explique por el exceso de confianza, de eso se deduce entonces que ¿los cargos ejecutivos son ocupados por personas cuyas decisiones se basan sistemáticamente en opiniones tendenciosas? "Muchos ejecutivos exhiben un exceso de confianza y cultivan expectativas más elevadas de lo que puede parecer", dice Schrand. "El exceso de confianza es una característica propia del ser humano y ocurre de forma más explícita en determinados tipos de personas, siendo bastante común entre los ejecutivos". Schrand señala que investigaciones hechas en el área de la psicología, además de estudios realizados entre emprendedores y gestores, muestran que las personas que son ascendidas a los escalafones superiores de las empresas son, por norma, las que demuestran poseer un nivel de confianza suficiente para correr riesgos. Además de eso, los ejecutivos que ocupan los cargos más elevados deben su posición actual a éxitos anteriores, lo que puede llevarlos a confiar exageradamente en sí mismos.

 

La escalada de la farsa

Para evaluar si los ejecutivos excesivamente confiados presentan una tendencia mayor a involucrarse en fraudes, las investigadoras examinaron los datos contables y las sanciones aplicadas por la SEC en las décadas de 1990 y 2000 con el propósito de descubrir patrones en el comportamiento de empresas envueltas en fraudes.

 

A Waste Management, que en 1998 corrigió los beneficios logrados entre 1992 y 1997 en 1.700 millones de dólares —en la época, la mayor revisión de beneficios de la historia corporativa americana— es citada en el estudio como ejemplo. La SEC acusó a la empresa de práctica sistemática de fraude por parte de sus ejecutivos, que establecían metas de beneficios trimestrales y, a continuación, manipulaban los datos contables cada trimestre. Un nuevo consejero delegado ordenó entonces que se hiciera una auditoria de las prácticas contables de la compañía y descubrió la trama. "Las ingresos y los beneficios de la empresa no crecían a un ritmo lo bastante rápido como para alcanzar las metas propuestas, lo que llevaba a los acusados a recurrir a la eliminación indebida de gastos y a su postergación para el próximo periodo, inflando los beneficios", según datos de la SEC. Los montantes eran pequeños inicialmente, y pasaron desapercibidos, pero fue preciso aumentarlos para seguir con la farsa.

 

Schrand cita también el caso de la empresa de ordenadores Gateway como otro ejemplo de cómo el comportamiento fraudulento puede ganar tamaño con el tiempo. En el segundo trimestre de 2000, los gerentes de la empresa lanzaron un osado programa de financiación para clientes que demandaban la obtención de crédito por el sistema de financiación de la empresa, pero que habían sido rechazados. Los registros de la SEC informan que hasta el 8 de junio de 2000, Gateway había concedido 10 millones de dólares en préstamos de ese tipo (bautizados por la empresa de préstamos "externos"). Dos días después, la gerencia consideraba la posibilidad de una meta corregida de 20 millones de dólares en préstamos de alto riesgo. Cuando los gerentes preguntaron a un jefe de división si él conseguiría alcanzar su meta de 975 millones en ingresos sin echar mano de los ingresos adicionales procedentes del programa de financiación, él respondió que estaba contando con 30 millones del programa para alcanzar su meta.

 

"La situación de Gateway es bastante parecida a la crisis actual de hipotecas subprime", observa Schrand. A semejanza de lo que ocurrió con los acreedores de préstamos subprime, la actividad básica de préstamos de Gateway — el programa de préstamos externos — no era ilegal. El problema en ambos casos, sin embargo, fue que el riesgo de la cartera de préstamos no estaba debidamente garantizada por medio de reservas, tampoco estaban divulgados de manera adecuada, y es posible incluso que no fueran conocidos por los gerentes — sobre todo gerentes excesivamente confiados. El resultado en ambos casos fueron pérdidas inesperadas en el momento en que los prestatarios dejaron de pagar lo que debían.

 

La decisión de no revelar el cambio de las políticas de crédito de Gateway no fue, según lo que todo indica, un equívoco palpable inicialmente, cuando el programa todavía era modesto, sin embargo dejar de hacerlo después de que el programa adquiriera tamaño se convirtió en un acto fraudulento de acuerdo con las normas de la SEC. Las autoras señalan que una explicación posible para el caso de Gateway sería el exceso de optimismo de los gerentes respecto a las perspectivas de la empresa. Ellos no previeron, cuando introdujeron el programa, que tendrían que ampliarlo exageradamente para satisfacer metas futuras. Si lo hubieran previsto, tal vez jamás lo habrían puesto en práctica.

 

Las autoras exploran la relación entre la confianza de los ejecutivos y las variables de fraude en la industria, en la empresa y en las variables individuales. Se constató que el fraude suele ocurrir con más frecuencia en industrias complejas y en rápido crecimiento, como las compañías de tecnología. Schrand observa que la variable más importante para relacionar los fraudes con industrias específicas es la alta volatilidad del retorno proporcionado por las acciones.

 

"La muestra reveló la existencia de clusters en industrias de riesgo marcadas por el dinamismo y con altas tasas de crecimiento sujetas también a riesgos idiosincrásicos significativos", informa el estudio. "La literatura de gestión muestra que tales industrias tienen gran llamamiento sobre ejecutivos extremadamente confiados". Schrand, sin embargo, reconoce que esas industrias pueden también comportar un número mayor de fraudes, ya que los incentivos para la consumación del acto fraudulento son mayores, o tal vez porque sea más fácil cometerlo.

 

Como prueba adicional, las investigadoras analizaron las características de la empresa y de los individuos para medir el efecto del exceso de confianza en el acto fraudulento. Para evaluar las tendencias, el estudio comparó empresas que habían sido identificadas por la SEC como culpables de comportamiento fraudulento comparándolas con muestras de empresas de tamaño semejante y del mismo segmento industrial, pero que no habían sido castigados por la SEC.

 

Lo premeditado frente a lo accidental

Al analizar los datos de la SEC, las investigadoras identificaron dos tipos de fraude. Uno de ellos es objetivo, premeditado u "oportunista". El otro es ingenuo, casi accidental y se enmarca en la idea de las autoras de que los ejecutivos que se encuentran en una situación difícil se sienten más inclinados a recurrir al fraude para cubrir la manipulación de beneficios de menor montante en periodos anteriores.

 

Schrand reconoce que muchos ejecutivos en la misma posición no se involucran en ese tipo de problemas. "Es verdad que algunos prefieren no tomar ese rumbo", explica. Esos gerentes toman una decisión racional y saben perfectamente que si maquillan los beneficios de la empresa estarán incurriendo en fraude, lo que puede tener como resultado sanciones. Schrand dice que puede haber habido fraude en alguna de las empresas cotejadas, pero jamás llegó al nivel de que pudiera ser detectado por la SEC, tal vez porque el exceso de confianza de los gerentes haya tenido un desenlace positivo y un problema temporal cualquiera se resolvió.

 

Para entender mejor a esas empresas, Schrand está analizando actualmente la corrección de los beneficios declarados. Esas empresas, al igual que las compañías que practicaron fraudes, manipularon con éxito los beneficios obtenidos durante algún tiempo, pero no continuaron con el patrón. En el momento en que el ejecutivo se vio en una situación en que debería comportarse de forma deshonesta para cubrir las áreas "grises" de la manipulación de beneficios anteriores, o la manipulación de pequeños montantes, decidió no seguir por ese camino. En vez de eso, reconoció que estuvo manipulado ganancias pasadas y, a continuación, corrigió los valores. Su comportamiento nunca ganó el tamaño suficiente para ser fraudulento. "Aquí es donde tenemos que analizar más profundamente los datos de los que disponemos. Puede ser que algunos ejecutivos hayan preferido confesar la manipulación de cuantías menores a cometer un fraude, y que la SEC haya decidido no penalizar las empresas que admitieron haber cometido fraudes menores, evitando, así, el castigo".

 

En lo que se refiere a la empresa, dice ella, la investigación se centra en la evaluación de otras decisiones tomadas por empresas que han cometido fraudes — analizando, inclusive, su política de dividendos, estructura de capital y estrategia fiscal — y que también se están relacionadas con el exceso de confianza del ejecutivo. Si la confianza en exceso explica la existencia de fraude, de eso se deduce que las empresas en que hubo fraudes deben haber tomado otras decisiones en sintonía con esa confianza excesiva. Schrand cita como ejemplo el hecho de que esas empresas tienden también a pagar dividendos menores, o ningún dividendo, cuando se comparan con empresas similares. "Ese descubrimiento es consistente con las pruebas obtenidas acerca de ejecutivos con exceso de confianza y la política de dividendos de la empresa. La idea es que los ejecutivos que tiene demasiada confianza creen se puede hacer algo mejor con el dinero que pagar dividendos", dice Schrand.

 

Cuando se evalúan las características individuales de ejecutivos más inclinados a cometer fraudes, el análisis no es muy convincente desde el punto de vista estadístico, advierte Schrand. La literatura psicológica apunta a las características individuales relacionadas al exceso de confianza —como, por ejemplo, la dedicación a un determinado proyecto—, así como las características del individuo que toma decisiones con base a su experiencia de éxitos pasados, su grado de educación, desempeño en el servicio militar teniendo en cuenta también incluso características elementales, como el sexo de la persona. (Todos los ejecutivos de la muestra, con excepción de uno sólo, pertenecían al sexo masculino). Las autoras señalan que los estudios psicológicos muestran que los hombres tienen un nivel de confianza más elevado que las mujeres, sin embargo no se sabe si eso se debe a motivos biológicos o a la experiencia de esos profesionales. Es difícil medir los atributos de cada ejecutivo. Tal y como advierte el estudio, los resultados son sólo descriptivos.

 

Las autoras analizaron también el papel del buen gobierno corporativo como instrumento para alterar la relación entre exceso de confianza y fraude. No se constataron diferencias significativas entre empresas fraudulentas y la muestra en lo que concierne a las características de buen gobierno normalmente estudiadas como, por ejemplo, propiedad en bloque, tamaño y composición del consejo. El estudio señala que los resultados obtenidos muestran que los ejecutivos de empresas fraudulentas demuestran un exceso de confianza superior al de los ejecutivos de empresas donde no hubo fraude, y que no había medidas de buen gobierno corporativo instituidas en aquellas empresas para combatir la tendencia al fraude. Schrand añade que ese resultado concuerda con la conclusión de que los ejecutivos de empresas fraudulentas son diferentes. El resultado obtenido contraría la idea de que todos los ejecutivos tienen exceso de confianza y que las empresas no-fraudulentas simplemente trabajaban con mejores controles para imponerles frenos.

 

Sólo porque el exceso de confianza puede llevar a tomar malas decisiones en circunstancias específicas, no se debe, a causa de eso, tomarla como elemento único, tampoco principal a la hora de evaluar un ejecutivo, dice Schrand, añadiendo que un número cada vez mayor de estudios indica que líderes con confianza y optimistas pueden tomar decisiones consideradas malas en ciertas circunstancias; sin embargo, por encima de todo, todos disponen de cualidades que cualquier empresa necesita para tener éxito. "Como la empresa tiene que contratar a una persona, con todas sus virtudes y defectos, es muy posible que desee a alguien que presente tales tendencias. Sin embargo, es preciso reconocer que el exceso de confianza, cuyos aspectos positivos son innegables, presenta también puntos negativos".



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Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en RSE de la ONU
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